Aquí está todo lo publicado hasta el momento del relato:
"¿Una vida diferente?".
ENTRADA 0
- ¿Cómo se dice?
- No empecemos Miranda.
- No seas tonta, es por curiosidad.
- Ya, pero sabes que no me gusta.
- Bueno, pero es por ver el efecto, a ver… mmm… Rosa…
- Miranda por favor.
- ¡Rosa Chestnut! ¡Eso es!
- Lo tuviste que decir, no puedes aguantarte, ¿verdad?
- Es que Castaña es muy poco glamuroso.
- Será poco glamuroso, pero es mi apellido, que tú tengas un apellido extranjero no quiere decir que todas queramos ser tan exóticas.
- No me considero exótica, anda, y niégame que no suena mejor Rosa Chestnut que Rosa Castaña.
- Me da igual cómo suene, es mi apellido y me gusta.
- Pero castaña, a ver, castaña lo dices cuando no te gusta algo, por ejemplo cuando tenía que dar matemáticas… ¡vaya castaña de clase!... o íbamos a un local aburrido ¡vaya castaña de bar!
- Eso lo dirías tú, yo nunca.
- Claro, porque es tu apellido.
- Pues eso mismo, Miranda Walter Pawer.
- ¡Qué graciosa eres! No sabía que fueras tan vengativa.
Rosa se reía a carcajadas y repetía Walter Pawer a todo pulmón hasta que Miranda le tiró un cojín que fue a rebotarle en plena cara. Sin embargo, no pudo contener la risa cuando el cojín, pintado a mano por su madre en los talleres del barrio, cayó en la piscina tiñendo de oscuro las aguas. Ni que decir tiene que tuvieron que desalojar la piscina. Cuando Miranda recuperó el cojín, el paraje natural a modo de bosque estaba totalmente emborronado y la espuma del interior pesaba tanto que tuvo que aplastarlo con las manos para que soltara algo de agua y se hiciese más ligero.
Las dos volvieron a casa riendo.
ENTRADA 1
MIRANDA EMBARAZADA
Cuando Miranda se plantó en la puerta de Rosa a las cuatro de la mañana, simplemente sonrió. Rosa sonrió y no sabía muy bien por qué. Quizás porque aún no estaba despierta del todo y no había caído en la cuenta de la hora que era, vivía todavía en el aturdimiento del sueño, o quizás porque la cara de Miranda delataba un estado tal de nervios que un mal gesto en un momento equivocado podía ser catastrófico. De todos modos, muy gorda tenía que ser la razón para que se dejara caer tan tarde – o tan temprano, según se mirara –, por su piso.
Y así era. El rimel, algo que siempre estaba perfecto en la cara de Miranda, se desparramaba por sus mejillas, y la pintura de labios, que al principio de la noche debió de ser malva por los restos que aún quedaban intactos, se alargaba más o menos hasta sus orejas en una suerte de degradación tonal nada favorecedora. Parecía enteramente como si se hubiera sonado los mocos y se hubiera limpiado con la manga de la camisa. Así que esos eran síntomas claros de que la vida de Miranda, siempre algo desordenada pero dentro de sus disposiciones mentales tan particulares, estaba más caótica de lo habitual, traspasando los límites “normales”.
Rosa la invitó a pasar alargando su brazo para rodear los hombros de Miranda, bostezando y quitándose las lagañas de los ojos con la otra mano porque sospechaba que se le avecinaba una noche muy larga. También se dio cuenta de que había luz en el recibidor de la casa de enfrente y que la mirilla desprendía un débil reflejo. La señora Concha estaría de nuevo espiando la vida de los demás, algo que le solía hacer gracia, pero que esa noche le dieron ganas de abrir la puerta de golpe y darle a la señora Concha con ella en las narices. Una leve sonrisa maliciosa – echando una maldición mental – en su dirección bastó para que se sintiera mejor con ella misma sintiendo en su fuero interno que toda su furia había sido transmitida convenientemente. Nada más lejos de la realidad.
Cuando encendió la luz del salón Miranda fue a apagarla inmediatamente. No lo decía abiertamente pero su aspecto la avergonzaba, no por lo que parecía en sí, eso le daba exactamente igual. Más bien era lo que representaba. Sentadas en la penumbra, y con la sola claridad de las farolas de la calle, dejó sobre la mesa el objeto que le había dado la vuelta a su vida.
– Miranda, cariño, si no enciendo la luz no podré ver lo que has puesto ahí encima – se atrevió a decir Rosa, en un alarde de prudencia y de paciencia, poniéndole la mano encima de la rodilla, comprobando que estaba helada como un témpano y temblando no de frío, precisamente. No quería pensar que eso era lo que ella tenía en mente.
– No hace falta, Rosa, ya te digo yo lo que es, el predictor… usado – y levantó la vista hasta posarla en la mirada de Rosa, que incluso a través de la oscuridad preguntaban qué demonios significaba todo aquel teatro. Miranda siguió hablando cuando se dio cuenta de que Rosa no iba a hacerlo. – Está usado y supongo que ya habrás adivinado que el resultado es “rayita rosa”… - al decir esto soltó un gesto irónico pero Rosa seguía sin habla - ¡Rosa por Dios Santo, dime algo! ¡Tengo un predictor, está usado y ha dado positivo, estoy preñada joder, estoy preñada…! - Miranda dijo todo esto gritando, la señora Concha ya tendría tema de conversación al menos para nueve meses, se llevara a cabo el embarazo o no: si lo hacía, era evidente que daría que hablar; si no lo hacía, la señora Concha estaría hablando del tema, y cuando se diera cuenta de que, con el paso de los meses, la panza de Miranda seguía siendo tan plana como antes, entraría el morbo del aborto y recordaría aquella noche como la noche en que se perpetró un asesinato.
– Miranda, no me lo puedo creer, tú embarazada… - Rosa, desde luego, no tuvo su mejor actuación, no pudo escoger peores palabras para apaciguar una situación tan tensa, pero es que realmente no podía creerlo. El tono que usó fue como el que usaría una persona a la que se le ha caído la imagen de un ídolo a los pies porque descubre que también va al baño, o porque en alguna foto ha percibido que se le entrevé la rajilla del culo al agacharse, como a los albañiles, y de repente se da cuenta de que realmente es simplemente una persona. Pues eso es lo que más o menos sintió Rosa cuando cayó en la cuenta de que Miranda, esa chica resuelta que se había acostado con multitud de chicos porque le gustaba disfrutar y porque podía y que nunca había tenido problemas de ningún tipo, quizás algún susto pero sin importancia, había caído al final en un desliz, como le puede ocurrir a todo el mundo.
1
Realmente todo venía de más atrás y eso había sido la crónica de un hecho anunciado: su embarazo. Ya había tenido más sustos parecidos pero siempre se habían resuelto en una semana cuando, incluso después de haber confirmado con un prueba que no tenía nada que temer, la regla bajaba, celebrando los dolores, recreándose en ellos y llamando a Rosa para decir simplemente “falsa alarma”. La semana de incertidumbre aún no se había cumplido, pero el predictor no dejó que los días pasaran, de hecho puso las cosas en su lugar y anunció bien claro, la rayita rosa no dejaba lugar a dudas, que la regla no bajaría, que no habría dolores que celebrar y que el paquete de compresas que Miranda compraba cada vez que terminaba su menstruación más vale que lo fuera regalando a alguien que lo fuera a necesitar más que ella.
Tres días antes de ese encuentro nocturno, en que Miranda apareció con tremendas pintas en la puerta de Rosa, las dos habían ido a tomar un café en lo que Rosa se había empeñado en llamar, ante las protestas incesantes de su amiga, “el café de las preocupaciones… a ver, ¿qué te pasa ahora?”. Sentadas en la cafetería del centro, esa que tanto les gustaba y en la mesa justo del rincón, lo cual le daba a la situación un ambiente muchísimo más secreto – había que dramatizar y hacer teatro ante todo –, Miranda dijo por quinta vez en toda su existencia que su regla se había empeñado ese mes en darle otro susto. Por la experiencia que llevaban de ventaja, cuatro reglas anteriores, no se tomaron aquello como algo grave, desde luego no como lo hizo la primera vez, haría ya como cuatro años, cuando estuvieron a punto de ir a un hospital a por la píldora del día después a pesar de que hacía como una semana de la relación sexual culpable. Se comportaron con total naturalidad, siguieron el protocolo para estos casos: dentro de dos días Miranda iría a casa de Rosa pertrechada de un par de predictors, porque el primero puede no salir bien; Rosa tendría uno guardado por si los dos de Miranda fallaban; cenarían en casa, un pizza carbonara, pondrían Dirty Dancing y mientras Rosa observaba cómo Johnny y Baby ensayaban para el gran concurso de baile, la posiblemente embarazada se levantaría e iría al baño, sin decir nada. Y entonces, al rato, saldría con una sonrisa en los labios lista para ver como Johnny y Baby se enamoraban, se acostaban y acababan bailando en las narices de los padres de ella, olvidando sus preocupaciones y entrándole el cuerpo en caja.
Pero esto no ocurrió así. El protocolo no se celebró y Rosa tuvo un flash en su mente que le decía que si Miranda estaba embarazada era precisamente por eso, acto seguido desechó la idea, por supuesto, pero no dejó de darle vueltas un poco más tarde, cuidándose mucho de decírselo a su amiga.
Miranda tenía que acudir a una cena con los chicos de la productora. Realmente era algo opcional, ella no estaba obligada, pero no quería perderse algo así y mucho menos por un susto de nada, le dio algo de reparo dejar “tirada” de esa forma a Rosa, pero ya eran adultas y sabía que no iba a marcar diferencia. La juerga que se avecinaba le daba un subidón de adrenalina de los de hace tiempo porque sabía que Vicente estaría sin la Barbie enterradora, así que podría acercarse sin ningún problema a él. Y quizás la fiesta después se alargase más de la cuenta. Cuando Miranda pensaba en esta posibilidad se le ponían los pelos de punta y le entraba una sensación desde la boca del estómago hacia arriba muy difícil de controlar.
Así que Rosa se quedó sola, con una pizza carbonara entera y cambiando Dirty Dancing, la película que más había visto en su vida, por Shreck, para sonreír al menos de vez en cuando. Tuvo la tentación de llamar a Carlos, pero conocía de antemano cuál iba a ser su reacción y su contestación: iría a cenar con ella con la expresión de “segundo plato” pintada en la cara y no tenía ganas de reproches, así que ideó una noche para ella. De todas formas, tampoco ocurrió así.
2
Miranda se levantó temprano. Tenía que ir a trabajar un sábado porque los últimos diez minutos de un programa, que no le gustaba en absoluto pero que costeaba en gran parte toda la actividad de la productora, se iban a grabar esa mañana. La chica de turno, enchufada del que ponía el dinero, no podía “actuar” otro día ni en otro momento, así que allí estaba ella, preparada para dos horas mínimo de intenso trabajo. Y así se lo hizo saber a los chicos de las cámaras, de maquillaje, de peluquería y de producción, regalando sonrisas para que no se notase que a ella le apetecía tan poco como a ellos estar esa mañana allí aguantando a una niña de mamá – en este caso de papá –.
A los primeros síntomas de mareo no les dio importancia. Estaba acostumbrada a que a esas horas de la mañana, con el estómago vacío, éste se convirtiera en una bomba de relojería y que el hambre y el dolor se le fueran uniendo hasta marearla. Así que se tomo un café, que también le iba a venir muy bien para terminar de despertar, y se puso manos a la obra. En poco tiempo se había olvidado de los mareos y tanto ella como todo el equipo bullían de actividad.
Sin embargo, la ocasión en que tuvo que visitar el baño porque un ardor con sabor a café y a tostada se le subía por la garganta quemándola, ya le enfadó, obligándose a guardar la compostura sobre todo con la gran perspectiva de día que tenía por delante.
Para cuando terminaron tres horas después, ya tenía de nuevo hambre, y no se habían vuelto a repetir los mareos ni las ganas de vomitar, al menos que ella recordase, así que siguió sin darle mayor importancia y se fue a almorzar con su madre que ese día cumplía años.
Salió de nuevo para el centro. Esperaba encontrar aparcamiento, eso era lo peor de quedar por el centro pero odiaba tanto el transporte público que prefería estar hora y media dando vueltas antes que viajar con decenas de personas apelotonadas en un espacio tan pequeño. Y ya si caía en verano, apaga y vámonos. Había quedado en La Alameda, frente al centro cívico de Las Sirenas que era donde trabajaba su madre de monitora, y es que ese sábado ella no era la única que tuvo que levantarse temprano para ir a trabajar.
Desde que habían arreglado La Alameda todo estaba más accesible, pero no les había convencido mucho y estaban levantando otra vez, estaban tan acostumbrados que lo único perenne allí eran las columnas de los extremos desde hacía cientos de años, aún así se quedó sorprendida cuando vio que habían hecho una comisaría de policía justo allí, en el centro neurálgico de la movida alternativa. Una sorpresa.
- ¡Mamá! – Ana estaba en la puerta del centro cívico hablando con dos mujeres.
- Hola hija, ya acabo y nos vamos… - dijo volviéndose un momento – aquí hay talleres y cursos, lo malo que está casi todo empezado, de todas formas pasaros el lunes por información, ¿vale? A ver si tienen planeado comenzar algo en breve. Venga, pues nos vemos. – y otra vez volviéndose a su hija – bueno, Miranda, ¿todo bien por la productora?
- Pssss, no me puedo quejar, ¿y tu conferencia? – Ana le iba a contestar pero no pudo – deja deja, ahora me lo cuentas comiendo, dónde me llevas.
- Había pensado en Casa Pepe, ponen un queso frito estupendo.
- Si tú sabes que no me gusta…
- Pero este te va a encantar…
- Si tú lo dices…
Y se fueron a Casa Pepe donde cogieron un rinconcito de puro milagro porque era un local tan pequeño que a penas cabía la barra, la gente se agolpaba una junto a otra – con la incomodidad que producía eso en Miranda –. Se pusieron al día y Miranda tuvo noticias por primera vez de un tal Juan que estaba rondando a su madre. No es que no estuviera acostumbrada a que su madre tuviera novios, era algo normal y natural, pero hablaba de este chico de una forma especial y no le gustaba un pelo, luego la que pagaba los platos rotos, las malas caras y la racha de mal humor era ella. Siempre y sin excepciones. Recordaba todavía la semana que estuvo sin hablarle ni a ella ni a nadie cuando a los diez años su madre rompió con un hombre con el que llegó a salir dos años. Ella le había llamado papá en alguna ocasión y desde ese momento tuvo la sensación de que fue este hecho el desencadenante de todo. De todas formas nunca más volvieron a hablar del tema.
- Pero mamá, con cuarenta y cinco y todavía hablas así de un chico…
- ¡Huy! Pero qué mayor eres tú de repente, pues el chico… el hombre, porque chicos erán a tu edad pero a la mía ya son hombres, querida, aunque tiene algunos años menos que yo parece bastante maduro y la verdad, me gusta.
- Mamá, que luego ya sabes lo que pasa, unos cuántos años menos… ¿cuántos? – Miranda probaba el queso y frito con mermelada y comenzó a olvidar que estaba rodeada de un montón de gente y de esa diferencia de edad entre su madre y su nuevo proyecto de novio.
- Hija mía parece que te molestase que salga con alguien, además, todavía no estamos juntos ni nada, nos hemos tomado un café por la mañana y otro por la tarde, hasta ahí todo normal… ¿te gusta? – le dijo Ana señalando el plato de queso frito.
- Mamá, riquísimo – contestó Miranda con la boca llena - ¿esto lo sabes hacer tú?
- ¿No te acuerdas que lo intenté una vez y me salió fatal?
- ¡Ah ya! ¿aquella vez que te salieron unas bolas de queso rebozadas negras?
- Sí, que se quemaron, pues ya no lo he vuelto a intentar más.
- Pues inténtalo porque si te salen la mitad de buenas que estas bolitas de queso, ¡te compro un robot de cocina! Pero no me cambies de tema, que cuántos años tiene te he preguntado antes.
- Miranda…
- Mamá, venga, dímelo. Si no lo haces llegaré a pensar que es de mi edad y entonces te diré que podría ser tu hijo, e incluso me podría enamorar yo de él…
- Vale, vale, vale… tiene treinta y seis…
- Eso son… ¡nueve años menos que tú! – Ana la observó mientras hacía las cuentas con los dedos y esperaba que continuara con su retahíla.
- ¿Ya está? ¿No dices nada más?
- No, la verdad que tú no pareces que tengas cuarenta y cinco en absoluto y con treinta y seis no creo que me pueda interesar a mí.
- Mira que eres desagradable a veces…
- Pero te gusto, ¿verdad?
- Eres mi hija, ¡qué remedio me queda!
Tanto queso no le sentó bien y eso sí que lo echó a las dos horas, justo antes de coger el coche de vuelta a casa. Menos mal que estaba con su madre y pudo conducir porque a Miranda se le quedó una cara tan pálida que Ana pensó en llevarla a urgencias, “no mamá, habrá sido el queso, tanto del tirón de debe ser bueno, vamos para casa que descanso un poco”.
Entrada 1. Miranda embarazada.
3
Rosa, al contrario que su amiga, se levantó todo lo tarde que pudo, a las nueve y media. No podía hacerlo de otro modo, si se quedaba más tiempo en la cama la migraña vendría como caída del cielo o, más bien, como nacida de su almohada y se estacionaría en su cabeza arruinando todo un fin de semana. Como hacía dos días que había bloqueado ese sábado noche en su agenda, y solo doce horas desde que supo que ya no lo tendría ocupado, comenzó a pensar, tumbada aún en la cama, qué planes tenía para ese día. Terminó asumiendo que un día sola, para ella misma, no era tan malo. Es más, se esmeró tanto en hacérselo ver que hasta le gustó la idea media hora después de comenzar a pensarlo. Se levantó con energía, se dio una ducha y se puso a desayunar dispuesta a estudiar las revistas de decoración que apilaba en el rincón de su habitación para salir luego a echar un vistazo por las tiendas del centro, a ver si encontraba algo, algo barato desde luego, no estaba la cosa para grandes caprichos.
Desayunando vio unas cestas monísimas que le irían que ni pintadas a la habitación de invitados – la futura habitación del bebé, claro, pero que de momento era la de invitados, sin lugar a dudas –, e ideó una composición a los pies de la cama con unas mantas ornamentales y unos cojines casuales que podría salir sin ningún problema en las páginas de cualquier revista de decoración. Apuntó la tienda y ya pudo ver las cestas en la habitación, a ella enseñando el detalle y a una redactora que pretendiese escribir un reportaje sobre “Pisos pequeños y coquetos. Lo pequeño no está reñido con el confort y el buen gusto”, observando maravillada la genialidad de Rosa, intentando explicarse cómo alguien podía tener tanta inventiva. Con las mismas, y dándose algunos golpes en la cabeza para bajar del cielo a la tierra, se vistió, cogió su cuaderno de notas y se marchó a indagar por las tiendas de decoración y hogar en el centro de la ciudad. Sevilla no es que fuera una ciudad en la que abundaran las tiendas de decoración, para colmo las que había un poco más serias estaban subidas de precios para unos bolsillos normales, como era el caso. Pero ella no se daba por vencida y de vez en cuando salía para ver qué es lo que habían traído de nuevo. Desde luego cuando por fin abrieron Zara Home fue todo un revulsivo para ella, aunque era como comprar en Ikea, si ibas al piso de otra persona podías ver tu mismo mantel, tu misma servilleta y hasta el mismo jarrón que habías comprado hacía nada para la entradita. El color de las paredes era lo que ella tenía pensado poner original para diferenciar su casa de las demás.
Era muy fácil para ella, de todos modos, perder el norte de lo que había venido a hacer: buscar detalles de decoración para su futura mansión, un piso de setenta metros cuadrados que llevaba ya seis meses de retraso en la entrega. Pero es que los escaparates le saltaban a los ojos, así, literal, la nueva temporada llena de flores y de colores dejaban en muy mal lugar el pañuelo verde oscuro que llevaba anudado al cuello – “pero es que hace frío”, pensaba –. Aún así, se sentía muy atraída, y muy apagada en su indumentaria, y tuvo que entrar en más de una tienda para quitarse el deseo, aunque después de sopesarlo decidió que el superávit que había tenido ese mes era definitivamente para las cestas ideales de la habitación de invitados.
A principios de febrero, y con las rebajas ya en su decadencia, cuando todo es nuevo y solo quedan de rebajas detalles feos, en un rincón estaban amontonados con un gran letrero que decía todo desde cinco euros un montón de objetos, algunos que no recordaba ni haberlos visto en plena temporada, “siempre igual, te quieren timar sacando artículos de hace años”, y pasó de largo. Se permitió una mirada de reojo, analizando, con la eficacia que la caracterizaba – con una memoria proverbial que podía retener objetos que mucha gente ni hubiera visto – y desechando al mismo tiempo todo lo que saltaba a sus ojos como perritos abandonados. Cierto es que le dio lástima un sujeta-servilletas de color dorado, se lo hubiera quedado si hubiera habido alguno más, si no el juego completo, si el máximo número posible. Pero uno solo no era inversión, por muy poco que costase. Así, decidió buscar directamente lo que la había llevado hasta allí: las cestas.
Anduvo paseando entre las estanterías, observando las mantas ornamentales – y no tan ornamentales – que se apilaban como quien no quiere la cosa sobre precios imposibles – se decía a cada paso que eso lo dejaría para el mes que viene porque no sería justo dejar su composición a medias –; observaba los manteles, las servilletas a juego, los jarrones minimalistas y los recargados, todos juntos. Y en su cabeza bullían las ideas, la de rincones de diferentes estilos que podría crear en su casa, aunque no muchos, para que fuera acogedora, se decía y se desdecía constantemente. Y los vio. Apilados junto a unas sábanas blancas llenas de un polvillo gris, muy leve – quien comprara esas sábanas tendría que lavarlas antes pensó cuando estuvo acercándose a ellos –, se encontraban los cestos. En su cabeza eran blancos, pero ahí estaban colocados de dos colores diferentes, blanco y marrón, y esto le gustaba aún más. Ya se había olvidado de los vaqueros de Mango, del blusón de Zara y de la gabardina inadmisible de Massimo Dutti: le servirían igual los vaqueros del año pasado, la blusa floreada que se compró en navidad para el día 24 y la cazadora de loneta de H&M que le regaló su hermana por su cumpleaños… hace dos. Cuando estuvo delante de los cestos hubiera dado todo su sueldo por comprar la tienda entera, sabía el precio, no era la primera vez que veía esos cestos, pero el reportaje de la revista había sido un revulsivo y los había redescubierto. Confirmó el precio y cuando fue a cogerlos como si fueran un trofeo, le sonó el móvil.
“¡Paula!”. Gritó su nombre como si estuviera en una carrera de Fórmula 1 porque sospechaba que su hermana no se iba a enterar de quién era. Efectivamente, Rosa estaba en mitad de la tienda, dándole pataditas suaves casi amorosas a los cestos para echarlos a un lado y dejar claro a todos aquellos que entraran en la tienda que eran de su propiedad, que solo le quedaba el feo trámite de pasar la tarjeta, si hubiera podido orinar alrededor para marcar su territorio lo hubiera hecho. Estaba gritando, no se enteraba en absoluto, sabía que era Paula porque lo había visto en la pantalla de su móvil pero no sabía nada más. Se cortó. Volvió a llamar, parecía que desde un lugar un poco más tranquilo.
- Rosa, soy Paula – dijo Paula intentando comenzar la conversación.
- Ya lo sé, ¡por Dios, lo he visto en el móvil! – no quería sonar enfadada pero la visión de sus cestas y los ojos recelosos de una chica que había pasado ya tres veces por su lado la habían puesto nerviosa.
- ¡Eeehhh! Tranquilita, que lo que me faltaba ya es que tú también te pusieras flamenca.
- Venga, vale, ¿qué pasa? – intentó calmarse un poco.
- Me he peleado con papá y voy para tu casa, estoy ahora mismo exactamente en la puerta de tu bloque, ¿dónde estás?
- ¿Cómo que te has peleado con papá? ¿Qué significa que te has peleado con papá y que estás en mi casa?
- Pues Rosa, lo que escuchas, que me he peleado con papá y le he dicho que me voy y me voy, y ya está, no lo aguanto más, he llamado a la tita Remedios y ya viene para casa y yo ya me he ido. – lo dijo todo del tirón como si hubiera ensayado la parrafada antes de soltarla por teléfono.
Rosa se quedó un momento callada. ¿Qué se suponía que tenía que hacer?
Opción A: volvía a su casa corriendo, hablaba con Paula y la obligaba a volver con su padre – ya que intentar convencerla razonando era poco menos que imposible –.
Opción B: Iba a casa de su padre, le obligaba a llamar a Paula para disculparse por lo que sea que se hubieran peleado, intentando, con él sí aunque poco, razonar algo para que no se volviera a repetir otra vez lo mismo.
Y Opción C: pasaba del tema, compraba los cestos, seguía con sus planes, es decir almorzar fuera, y volvía a casa tarde, cerraba la puerta con llave y no le abría a nadie. La voz chillona de Paula la sacó de sus reflexiones.
- Rosa, ¿sigues ahí? ¿has escuchado lo que te he dicho? Que me voy de casa, que me he peleado con papá y que me voy a vivir contigo.
- ¿Pero que ha pasado?
- Papá ha cogido a Roberto en mi habitación.
- ¿Y? – Rosa sonaba incómoda, no era la primera vez que Roberto estaba en casa.
- En pelotas.
Vale, voy para allá. – Rosa dejó las cestas y se lanzó a la calle para coger el primer taxi. En un último vistazo pudo ver como la chica suspicaz se apoderaba de sus dos cestos y un pinchazo de dolor le sacudió el pecho. Maldijo a la pobre muchacha que no había hecho más que lo que hubiera hecho ella misma en su lugar: abalanzarse sobre algo como esos cestos. Se convenció con la idea de que seguro que traerían más, ya lo habían hecho antes, ¿no?
4
En el mismo instante en que Rosa cogía, literalmente, un taxi en marcha, Miranda volvía a echar la pota en su casa. Su madre, algo asustada por los ruidos guturales que salían del baño, no hacía más que llamar a la puerta para que abriera y Miranda no encontraba el modo de decirle que en la situación en que se encontraba le resultaba imposible incorporarse para descorrer el pestillo, o abrir la puerta, o hablar y decir que estaba bien – o mejor, que se encontraba fatal – así que los gritos de Ana, su madre, seguían extendiéndose por toda la casa.
Cuando finalmente salió del baño su cara reflejaba un intenso color aún más pálido que el que tenía cuando se montó en el coche, más bien hubiera podido decirse que su rostro carecía de color, pero es que realmente parecía que alguien había cogido una cera blanca y se había puesto a dibujar todos y cada uno de los huecos de su cara dejando dos semicírculos bien definidos de grandes que eran para acoger al color gris: tremendas ojeras se asomaban a sus ojos, casi las podía ver ella si miraba hacia abajo muy fuerte. Ana la acogió en sus brazos y la llevo, esta vez sin decir nada, hacia el sofá donde Miranda se desplomó y cerró los ojos intentando no pensar. Sin embargo, su madre no iba a permitir que eso sucediera así de fácil y comenzó un tercer grado digno de la Segunda Guerra Mundial hasta que Miranda volvió corriendo a abrazarse al inodoro y a quedarse sentada junto a él, sabiendo que en breve le haría más visitas.
Era obvio que por la cabeza de Miranda se pasaba sin cesar la idea del embarazo. Hacía unos diez días que la regla le debía de haber venido, eso si ella fuera puntual. Desde que comenzó a tener relaciones sexuales aprendió a llevar el calendario exacto de los 28 días, pero su cuerpo era más bien de 30 o 31, así que según sus cálculos no eran diez sino una semana lo que llevaba de retraso. De todas formas era muy pronto para tener ese tipo de molestias si realmente estuviera embarazada – “que no lo estoy, por supuesto” – y entre eso, la comida mejicana que la noche anterior había cenado y el queso frito de medio día, bueno, podría ser esa la causa, y así fue consolándose y convenciéndose prometiéndose controlarse de aquí en adelante.
Ana fue al grano directamente:
- Miranda, cariño, dime la verdad ¿podrías estar embarazada? – le puso la mano en el pelo y comenzó a atusárselo como cuando era pequeña. No obstante, no obtuvo la respuesta adecuada.
- Bueno, me encuentro mal, me pongo a vomitar y no puede ser que me haya sentado algo mal, por ejemplo el queso frito que me he zampado este mediodía. No, eso no, tiene que ser que estoy preñada – le apartó el brazo a su madre de un manotazo y se tumbó de espaldas a ella a sabiendas de que no se lo merecía, pero era más el enfado que tenía consigo misma que las ganas de estar a bien con su madre, así que la dejó marcharse y ella continuó echada pensando en recuperarse para salir esa noche con los chicos de la productora. Y con Vicente.
5
Rosa volaba en el taxi. Le había dado un corte tremendo decirle al taxista que su tía había tenido un accidente en casa y que a la única que había podido llamar para pedir auxilio era a ella, porque se le había cortado la comunicación al acabarse la batería. Así que la pobre tía estaba ahora tumbada en el suelo del baño, sin poder moverse esperando que ella llegase. El pobre hombre se creyó a pies juntillas todo lo que Rosa, en un alarde de inventiva, le había contado con lágrimas reales en los ojos, y la conciencia de ella, aunque le martilleaba un poco, no lo hacía lo suficiente porque era consciente de que la situación inventada era incluso menos grave de lo que lo era la real. Seguramente la tía Remedios, en quien estaba pensando cuando soltó la mentira, hubiera preferido partirse alguna extremidad a la situación que se había dibujado.
Así que al taxista solo le faltó sacar el pañuelo blanco a través de la ventanilla, porque se saltaba los semáforos que era un gusto. En quince minutos se plantó en casa, le dejó al taxista como un euro de propina, casi toda la vuelta no hubiera sido coherente quedarse a esperar que te devolvieran tu dinero mientras tu tía sufría esperando y tirada en el suelo del baño, y corrió hacia su piso. Desde lejos pudo ver a su hermana sentada en el escalón de su portal, hablando por el móvil y con una mochila junto a ella, se reía a carcajada limpia y conforme llegaba a su encuentro más ganas le entraban de estamparle con toda la fuerza de la carrera el bolso en la cabeza para que parara de reír de una vez, porque no había motivo alguno para ello. Suerte que antes de que llegara a su altura, Paula la vio y con un movimiento instintivo cerró el móvil y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
- Bueno, qué, ¿qué ha pasado? – Rosa hablaba a trozos, tratando de controlar su respiración que no la dejaba expresarse con fluidez y que la ahogaba.
- Vamos arriba y te lo cuento – la seguridad de Paula sacaba de quicio a Rosa, que pensaba al ver su actitud que estaba encantada con todo aquello.
- No, me vas a decir ahora mismo lo que ha pasado – no se daba cuenta de que había alzado un poco el tono de voz, las mujeres que estaban sentadas en los bancos giraron sus cabezas para observarlas con los ojos abiertos como platos, parecían ávidas de carnaza, y ese gesto parecía haber hecho hasta ruido porque las dos fueron al encuentro de sus miradas.
- ¿Aquí quieres que hablemos? – dijo Paula con un ademán de brazos bastante elocuente.
- Vale, vamos. – siempre parecía que había un motivo por el que su hermana se salía con la suya, si hubiera sido otra se hubiera quedado allí abajo, expuesta a los jueces que eran sus vecinas con tal de llevarle la contraria, pero su sentido del ridículo y su celo por su intimidad no lo permitieron.
Una vez arriba se fueron a la cocina a preparar algo de almorzar porque era ya bastante tarde. Mientras Paula rebuscaba en la despensa apartando galletas dietéticas, tortitas de arroz y cereales integrales, Rosa ponía a hervir agua en una olla para hacer pasta, lo más rápido que se le ocurrió en el momento, aunque también pensando que sería una ocasión ideal para comer la pasta antes de que caducara el paquete dentro de dos días. Así que no prestó atención a las protestas de su hermana que decía que había comido espaguetis el día anterior y con las mismas vació el paquete entero.
- A ver Rosa, ¿por qué tienes todas estas porquerías? Sabes de sobra que no sirven para adelgazar y al final te comes algo de esto intentando ser firme y un montón de algo con mucha grasa media hora después porque sigues estando desfallecida de hambre – dijo Paula con una tortita de arroz digestiva en la mano, a punto de probarla.
- Esa no es la cuestión ahora, ¿no?, además en mi despensa tengo lo que quiero y que tú no seas capaz de tener voluntad para guardar un mínimo de dieta sana no significa que yo sea igual que tú – estaba cayendo en la trampa porque ese era uno de sus puntos débiles.
- ¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué yo necesito hacer dieta? ¿Qué estoy gorda? – Paula sabía adónde quería ir con esa conversación, la dominaba, no era la primera vez que la tenían y conocía bastante bien su desarrollo y las diferentes ramificaciones que podía tomar. Esto, al menos, podría salvarla de hablar del “incidente” con papá hasta después del almuerzo. Pero no se sale con la suya.
- Que te crees que soy tonta, ¿no?, venga, ya puedes ir soltando lo que ha pasado en casa o te ves esta noche en la calle – a Paula por lo menos la tranquilizó que tuviera un techo asegurado porque estaba completamente segura de no iba a volver a su casa.
- Bueno, pues lo que te dije por teléfono, papá ha cogido a Roberto desnudo en mi habitación y ha montado una que ni te imaginas, se ha puesto a gritar, que qué es lo que me creo yo, que menuda poca vergüenza, que él en su casa no tiene por qué aguantar esas cosas… en fin, qué te voy a contar a ti que tú no sepas…
- Y tú te has quedado callada, como si lo estuviera viendo… - Rosa había tomado una postura bastante maternal, con los brazos cruzados, apoyada con su cadera en la encimera y meneándose discretamente.
- Pues no, no me he quedado callada – dijo sin haber notado el punto de ironía – le he contestado a todo, le he dicho que no es nadie para gritarme, que esa es también mi casa, o creía que lo era, y que ya tengo más de veinte años y que tengo una vida…
- Y él te ha dicho que tengas esa vida en otro sitio, que su casa no es un antro de perversión – Paula asintió – o sea, que no te has ido, que te ha echado – volvió a asentir – y ahora, ¿qué?
Rosa sabía perfectamente que su hermana volvería a casa, aunque eso no sería algo inmediato, tendrían que pasar algunos días, y como su padre vivía cinco bloques más abajo podría ir a visitarlo continuamente e intentar arreglar la situación sobre la marcha. Además, con la inestimable ayuda de la tía Remedios, la “chica” como le llamaba desde siempre, tendría a su padre a sus pies en poco tiempo. Pero antes de eso… antes de eso había tanto trabajo que hacer que le daba pereza incluso pensarlo.
Lo de cómo Roberto llegó a su habitación y acabó como su madre lo trajo al mundo, era harina de otro costal. A ella tampoco le hacía gracia la situación, había que darle un poco la razón a su padre, solo que en las formas se había perdido pero justificadamente, sin duda. Sin embargo, ella no tenía ningún deseo de ejercer de madre esta vez y no quería reprender a su hermana como había hecho casi siempre. Así que decidió que la historia de Roberto la dejarían para la sobremesa porque seguro que era más interesante que cualquier película de la tele, preparándose para escucharla no de forma crítica y familiar, si no más bien como la historia que te cuentan como una anécdota a tiempo pasado. Quería disfrutar porque la cosa prometía.
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