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Entrada 1. Miranda embarazada.
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Rosa, al contrario que su amiga, se levantó todo lo tarde que pudo, a las nueve y media. No podía hacerlo de otro modo, si se quedaba más tiempo en la cama la migraña vendría como caída del cielo o, más bien, como nacida de su almohada y se estacionaría en su cabeza arruinando todo un fin de semana. Como hacía dos días que había bloqueado ese sábado noche en su agenda, y solo doce horas desde que supo que ya no lo tendría ocupado, comenzó a pensar, tumbada aún en la cama, qué planes tenía para ese día. Terminó asumiendo que un día sola, para ella misma, no era tan malo. Es más, se esmeró tanto en hacérselo ver que hasta le gustó la idea media hora después de comenzar a pensarlo. Se levantó con energía, se dio una ducha y se puso a desayunar dispuesta a estudiar las revistas de decoración que apilaba en el rincón de su habitación para salir luego a echar un vistazo por las tiendas del centro, a ver si encontraba algo, algo barato desde luego, no estaba la cosa para grandes caprichos.
Desayunando vio unas cestas monísimas que le irían que ni pintadas a la habitación de invitados – la futura habitación del bebé, claro, pero que de momento era la de invitados, sin lugar a dudas –, e ideó una composición a los pies de la cama con unas mantas ornamentales y unos cojines casuales que podría salir sin ningún problema en las páginas de cualquier revista de decoración. Apuntó la tienda y ya pudo ver las cestas en la habitación, a ella enseñando el detalle y a una redactora que pretendiese escribir un reportaje sobre “Pisos pequeños y coquetos. Lo pequeño no está reñido con el confort y el buen gusto”, observando maravillada la genialidad de Rosa, intentando explicarse cómo alguien podía tener tanta inventiva. Con las mismas, y dándose algunos golpes en la cabeza para bajar del cielo a la tierra, se vistió, cogió su cuaderno de notas y se marchó a indagar por las tiendas de decoración y hogar en el centro de la ciudad. Sevilla no es que fuera una ciudad en la que abundaran las tiendas de decoración, para colmo las que había un poco más serias estaban subidas de precios para unos bolsillos normales, como era el caso. Pero ella no se daba por vencida y de vez en cuando salía para ver qué es lo que habían traído de nuevo. Desde luego cuando por fin abrieron Zara Home fue todo un revulsivo para ella, aunque era como comprar en Ikea, si ibas al piso de otra persona podías ver tu mismo mantel, tu misma servilleta y hasta el mismo jarrón que habías comprado hacía nada para la entradita. El color de las paredes era lo que ella tenía pensado poner original para diferenciar su casa de las demás.
Era muy fácil para ella, de todos modos, perder el norte de lo que había venido a hacer: buscar detalles de decoración para su futura mansión, un piso de setenta metros cuadrados que llevaba ya seis meses de retraso en la entrega. Pero es que los escaparates le saltaban a los ojos, así, literal, la nueva temporada llena de flores y de colores dejaban en muy mal lugar el pañuelo verde oscuro que llevaba anudado al cuello – “pero es que hace frío”, pensaba –. Aún así, se sentía muy atraída, y muy apagada en su indumentaria, y tuvo que entrar en más de una tienda para quitarse el deseo, aunque después de sopesarlo decidió que el superávit que había tenido ese mes era definitivamente para las cestas ideales de la habitación de invitados.
A principios de febrero, y con las rebajas ya en su decadencia, cuando todo es nuevo y solo quedan de rebajas detalles feos, en un rincón estaban amontonados con un gran letrero que decía todo desde cinco euros un montón de objetos, algunos que no recordaba ni haberlos visto en plena temporada, “siempre igual, te quieren timar sacando artículos de hace años”, y pasó de largo. Se permitió una mirada de reojo, analizando, con la eficacia que la caracterizaba – con una memoria proverbial que podía retener objetos que mucha gente ni hubiera visto – y desechando al mismo tiempo todo lo que saltaba a sus ojos como perritos abandonados. Cierto es que le dio lástima un sujeta-servilletas de color dorado, se lo hubiera quedado si hubiera habido alguno más, si no el juego completo, si el máximo número posible. Pero uno solo no era inversión, por muy poco que costase. Así, decidió buscar directamente lo que la había llevado hasta allí: las cestas.
Anduvo paseando entre las estanterías, observando las mantas ornamentales – y no tan ornamentales – que se apilaban como quien no quiere la cosa sobre precios imposibles – se decía a cada paso que eso lo dejaría para el mes que viene porque no sería justo dejar su composición a medias –; observaba los manteles, las servilletas a juego, los jarrones minimalistas y los recargados, todos juntos. Y en su cabeza bullían las ideas, la de rincones de diferentes estilos que podría crear en su casa, aunque no muchos, para que fuera acogedora, se decía y se desdecía constantemente. Y los vio. Apilados junto a unas sábanas blancas llenas de un polvillo gris, muy leve – quien comprara esas sábanas tendría que lavarlas antes pensó cuando estuvo acercándose a ellos –, se encontraban los cestos. En su cabeza eran blancos, pero ahí estaban colocados de dos colores diferentes, blanco y marrón, y esto le gustaba aún más. Ya se había olvidado de los vaqueros de Mango, del blusón de Zara y de la gabardina inadmisible de Massimo Dutti: le servirían igual los vaqueros del año pasado, la blusa floreada que se compró en navidad para el día 24 y la cazadora de loneta de H&M que le regaló su hermana por su cumpleaños… hace dos. Cuando estuvo delante de los cestos hubiera dado todo su sueldo por comprar la tienda entera, sabía el precio, no era la primera vez que veía esos cestos, pero el reportaje de la revista había sido un revulsivo y los había redescubierto. Confirmó el precio y cuando fue a cogerlos como si fueran un trofeo, le sonó el móvil.
“¡Paula!”. Gritó su nombre como si estuviera en una carrera de Fórmula 1 porque sospechaba que su hermana no se iba a enterar de quién era. Efectivamente, Rosa estaba en mitad de la tienda, dándole pataditas suaves casi amorosas a los cestos para echarlos a un lado y dejar claro a todos aquellos que entraran en la tienda que eran de su propiedad, que solo le quedaba el feo trámite de pasar la tarjeta, si hubiera podido orinar alrededor para marcar su territorio lo hubiera hecho. Estaba gritando, no se enteraba en absoluto, sabía que era Paula porque lo había visto en la pantalla de su móvil pero no sabía nada más. Se cortó. Volvió a llamar, parecía que desde un lugar un poco más tranquilo.
- Rosa, soy Paula – dijo Paula intentando comenzar la conversación.
- Ya lo sé, ¡por Dios, lo he visto en el móvil! – no quería sonar enfadada pero la visión de sus cestas y los ojos recelosos de una chica que había pasado ya tres veces por su lado la habían puesto nerviosa.
- ¡Eeehhh! Tranquilita, que lo que me faltaba ya es que tú también te pusieras flamenca.
- Venga, vale, ¿qué pasa? – intentó calmarse un poco.
- Me he peleado con papá y voy para tu casa, estoy ahora mismo exactamente en la puerta de tu bloque, ¿dónde estás?
- ¿Cómo que te has peleado con papá? ¿Qué significa que te has peleado con papá y que estás en mi casa?
- Pues Rosa, lo que escuchas, que me he peleado con papá y le he dicho que me voy y me voy, y ya está, no lo aguanto más, he llamado a la tita Remedios y ya viene para casa y yo ya me he ido. – lo dijo todo del tirón como si hubiera ensayado la parrafada antes de soltarla por teléfono.
Rosa se quedó un momento callada. ¿Qué se suponía que tenía que hacer?
Opción A: volvía a su casa corriendo, hablaba con Paula y la obligaba a volver con su padre – ya que intentar convencerla razonando era poco menos que imposible –.
Opción B: Iba a casa de su padre, le obligaba a llamar a Paula para disculparse por lo que sea que se hubieran peleado, intentando, con él sí aunque poco, razonar algo para que no se volviera a repetir otra vez lo mismo.
Y Opción C: pasaba del tema, compraba los cestos, seguía con sus planes, es decir almorzar fuera, y volvía a casa tarde, cerraba la puerta con llave y no le abría a nadie. La voz chillona de Paula la sacó de sus reflexiones.
- Rosa, ¿sigues ahí? ¿has escuchado lo que te he dicho? Que me voy de casa, que me he peleado con papá y que me voy a vivir contigo.
- ¿Pero que ha pasado?
- Papá ha cogido a Roberto en mi habitación.
- ¿Y? – Rosa sonaba incómoda, no era la primera vez que Roberto estaba en casa.
- En pelotas.
Vale, voy para allá. – Rosa dejó las cestas y se lanzó a la calle para coger el primer taxi. En un último vistazo pudo ver como la chica suspicaz se apoderaba de sus dos cestos y un pinchazo de dolor le sacudió el pecho. Maldijo a la pobre muchacha que no había hecho más que lo que hubiera hecho ella misma en su lugar: abalanzarse sobre algo como esos cestos. Se convenció con la idea de que seguro que traerían más, ya lo habían hecho antes, ¿no?
¡Ya lo he hecho! Me he leído tus relatos (o tu relato por capítulos) y de un tirón, jejejeje. Tenía que ser hoy o nunca porque a partir de mañana mi planning de estudio será bastante más intenso que hasta ahora y mis horas de navegar por la red se reducirán. Me ha gustado mucho, es entretenido y fácil de leer y ésto último se agradece.
ResponderSuprimirPor cierto, ¿qué ha pasado al final? ¿sigues siendo de las afortunadas con curro?
Besitos
Gracias, Miranfú!! Y ánimo con el planning, aunque habrás venido con las pilas cargadas de tus vacaciones!!
ResponderSuprimirPues sí, aún soy trabajadora al menos por tres meses, que es lo que me han renovado, en octubre tendré que pasar otra vez el trance de no saber qué harán conmigo. De momento, no me preocupo, queda mucho verano por delante!!!
Besos!!
Anda que no se nota que te gusta ir de compras ¿eh? Bueno la cosa se va poniendo interesante, es como una novela chick-lit de las que tanto nos gustan (al menos a mí).
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