¡¡Esta va por ti, Vane!!
ENTRADA 1. MIRANDA EMBARAZADA
4
En el mismo instante en que Rosa cogía, literalmente, un taxi en marcha, Miranda volvía a echar la pota en su casa. Su madre, algo asustada por los ruidos guturales que salían del baño, no hacía más que llamar a la puerta para que abriera y Miranda no encontraba el modo de decirle que en la situación en que se encontraba le resultaba imposible incorporarse para descorrer el pestillo, o abrir la puerta, o hablar y decir que estaba bien – o mejor, que se encontraba fatal – así que los gritos de Ana, su madre, seguían extendiéndose por toda la casa.
Cuando finalmente salió del baño su cara reflejaba un intenso color aún más pálido que el que tenía cuando se montó en el coche, más bien hubiera podido decirse que su rostro carecía de color, pero es que realmente parecía que alguien había cogido una cera blanca y se había puesto a dibujar todos y cada uno de los huecos de su cara dejando dos semicírculos bien definidos de grandes que eran para acoger al color gris: tremendas ojeras se asomaban a sus ojos, casi las podía ver ella si miraba hacia abajo muy fuerte. Ana la acogió en sus brazos y la llevo, esta vez sin decir nada, hacia el sofá donde Miranda se desplomó y cerró los ojos intentando no pensar. Sin embargo, su madre no iba a permitir que eso sucediera así de fácil y comenzó un tercer grado digno de la Segunda Guerra Mundial hasta que Miranda volvió corriendo a abrazarse al inodoro y a quedarse sentada junto a él, sabiendo que en breve le haría más visitas.
Era obvio que por la cabeza de Miranda se pasaba sin cesar la idea del embarazo. Hacía unos diez días que la regla le debía de haber venido, eso si ella fuera puntual. Desde que comenzó a tener relaciones sexuales aprendió a llevar el calendario exacto de los 28 días, pero su cuerpo era más bien de 30 o 31, así que según sus cálculos no eran diez sino una semana lo que llevaba de retraso. De todas formas era muy pronto para tener ese tipo de molestias si realmente estuviera embarazada – “que no lo estoy, por supuesto” – y entre eso, la comida mejicana que la noche anterior había cenado y el queso frito de medio día, bueno, podría ser esa la causa, y así fue consolándose y convenciéndose prometiéndose controlarse de aquí en adelante.
Ana fue al grano directamente:
- Miranda, cariño, dime la verdad ¿podrías estar embarazada? – le puso la mano en el pelo y comenzó a atusárselo como cuando era pequeña. No obstante, no obtuvo la respuesta adecuada.
- Bueno, me encuentro mal, me pongo a vomitar y no puede ser que me haya sentado algo mal, por ejemplo el queso frito que me he zampado este mediodía. No, eso no, tiene que ser que estoy preñada – le apartó el brazo a su madre de un manotazo y se tumbó de espaldas a ella a sabiendas de que no se lo merecía, pero era más el enfado que tenía consigo misma que las ganas de estar a bien con su madre, así que la dejó marcharse y ella continuó echada pensando en recuperarse para salir esa noche con los chicos de la productora. Y con Vicente.
5
Rosa volaba en el taxi. Le había dado un corte tremendo decirle al taxista que su tía había tenido un accidente en casa y que a la única que había podido llamar para pedir auxilio era a ella, porque se le había cortado la comunicación al acabarse la batería. Así que la pobre tía estaba ahora tumbada en el suelo del baño, sin poder moverse esperando que ella llegase. El pobre hombre se creyó a pies juntillas todo lo que Rosa, en un alarde de inventiva, le había contado con lágrimas reales en los ojos, y la conciencia de ella, aunque le martilleaba un poco, no lo hacía lo suficiente porque era consciente de que la situación inventada era incluso menos grave de lo que lo era la real. Seguramente la tía Remedios, en quien estaba pensando cuando soltó la mentira, hubiera preferido partirse alguna extremidad a la situación que se había dibujado.
Así que al taxista solo le faltó sacar el pañuelo blanco a través de la ventanilla, porque se saltaba los semáforos que era un gusto. En quince minutos se plantó en casa, le dejó al taxista como un euro de propina, casi toda la vuelta no hubiera sido coherente quedarse a esperar que te devolvieran tu dinero mientras tu tía sufría esperando y tirada en el suelo del baño, y corrió hacia su piso. Desde lejos pudo ver a su hermana sentada en el escalón de su portal, hablando por el móvil y con una mochila junto a ella, se reía a carcajada limpia y conforme llegaba a su encuentro más ganas le entraban de estamparle con toda la fuerza de la carrera el bolso en la cabeza para que parara de reír de una vez, porque no había motivo alguno para ello. Suerte que antes de que llegara a su altura, Paula la vio y con un movimiento instintivo cerró el móvil y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.
- Bueno, qué, ¿qué ha pasado? – Rosa hablaba a trozos, tratando de controlar su respiración que no la dejaba expresarse con fluidez y que la ahogaba.
- Vamos arriba y te lo cuento – la seguridad de Paula sacaba de quicio a Rosa, que pensaba al ver su actitud que estaba encantada con todo aquello.
- No, me vas a decir ahora mismo lo que ha pasado – no se daba cuenta de que había alzado un poco el tono de voz, las mujeres que estaban sentadas en los bancos giraron sus cabezas para observarlas con los ojos abiertos como platos, parecían ávidas de carnaza, y ese gesto parecía haber hecho hasta ruido porque las dos fueron al encuentro de sus miradas.
- ¿Aquí quieres que hablemos? – dijo Paula con un ademán de brazos bastante elocuente.
- Vale, vamos. – siempre parecía que había un motivo por el que su hermana se salía con la suya, si hubiera sido otra se hubiera quedado allí abajo, expuesta a los jueces que eran sus vecinas con tal de llevarle la contraria, pero su sentido del ridículo y su celo por su intimidad no lo permitieron.
Una vez arriba se fueron a la cocina a preparar algo de almorzar porque era ya bastante tarde. Mientras Paula rebuscaba en la despensa apartando galletas dietéticas, tortitas de arroz y cereales integrales, Rosa ponía a hervir agua en una olla para hacer pasta, lo más rápido que se le ocurrió en el momento, aunque también pensando que sería una ocasión ideal para comer la pasta antes de que caducara el paquete dentro de dos días. Así que no prestó atención a las protestas de su hermana que decía que había comido espaguetis el día anterior y con las mismas vació el paquete entero.
- A ver Rosa, ¿por qué tienes todas estas porquerías? Sabes de sobra que no sirven para adelgazar y al final te comes algo de esto intentando ser firme y un montón de algo con mucha grasa media hora después porque sigues estando desfallecida de hambre – dijo Paula con una tortita de arroz digestiva en la mano, a punto de probarla.
- Esa no es la cuestión ahora, ¿no?, además en mi despensa tengo lo que quiero y que tú no seas capaz de tener voluntad para guardar un mínimo de dieta sana no significa que yo sea igual que tú – estaba cayendo en la trampa porque ese era uno de sus puntos débiles.
- ¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué yo necesito hacer dieta? ¿Qué estoy gorda? – Paula sabía adónde quería ir con esa conversación, la dominaba, no era la primera vez que la tenían y conocía bastante bien su desarrollo y las diferentes ramificaciones que podía tomar. Esto, al menos, podría salvarla de hablar del “incidente” con papá hasta después del almuerzo. Pero no se sale con la suya.
- Que te crees que soy tonta, ¿no?, venga, ya puedes ir soltando lo que ha pasado en casa o te ves esta noche en la calle – a Paula por lo menos la tranquilizó que tuviera un techo asegurado porque estaba completamente segura de no iba a volver a su casa.
- Bueno, pues lo que te dije por teléfono, papá ha cogido a Roberto desnudo en mi habitación y ha montado una que ni te imaginas, se ha puesto a gritar, que qué es lo que me creo yo, que menuda poca vergüenza, que él en su casa no tiene por qué aguantar esas cosas… en fin, qué te voy a contar a ti que tú no sepas…
- Y tú te has quedado callada, como si lo estuviera viendo… - Rosa había tomado una postura bastante maternal, con los brazos cruzados, apoyada con su cadera en la encimera y meneándose discretamente.
- Pues no, no me he quedado callada – dijo sin haber notado el punto de ironía – le he contestado a todo, le he dicho que no es nadie para gritarme, que esa es también mi casa, o creía que lo era, y que ya tengo más de veinte años y que tengo una vida…
- Y él te ha dicho que tengas esa vida en otro sitio, que su casa no es un antro de perversión – Paula asintió – o sea, que no te has ido, que te ha echado – volvió a asentir – y ahora, ¿qué?
Rosa sabía perfectamente que su hermana volvería a casa, aunque eso no sería algo inmediato, tendrían que pasar algunos días, y como su padre vivía cinco bloques más abajo podría ir a visitarlo continuamente e intentar arreglar la situación sobre la marcha. Además, con la inestimable ayuda de la tía Remedios, la “chica” como le llamaba desde siempre, tendría a su padre a sus pies en poco tiempo. Pero antes de eso… antes de eso había tanto trabajo que hacer que le daba pereza incluso pensarlo.
Lo de cómo Roberto llegó a su habitación y acabó como su madre lo trajo al mundo, era harina de otro costal. A ella tampoco le hacía gracia la situación, había que darle un poco la razón a su padre, solo que en las formas se había perdido pero justificadamente, sin duda. Sin embargo, ella no tenía ningún deseo de ejercer de madre esta vez y no quería reprender a su hermana como había hecho casi siempre. Así que decidió que la historia de Roberto la dejarían para la sobremesa porque seguro que era más interesante que cualquier película de la tele, preparándose para escucharla no de forma crítica y familiar, si no más bien como la historia que te cuentan como una anécdota a tiempo pasado. Quería disfrutar porque la cosa prometía.
Graciassss!!!
ResponderSuprimirLa cosa promete, eh??!! Más, más... Bss
Bueno, por eso he puesto dos entregas!!! jejejeje, ahora me voy a la playa, pero el domingo por la noche cuelgo otro y hago visiteo por los blogs, que estoy totalmente "descastá", jejjajajaja...
ResponderSuprimirBesos!!
Anda que la pobre Rosa es el pañuelo de lágrimas de todo el mundo. Por favor espero que le busques un buen mozo que la haga feliz ¡je,je!
ResponderSuprimirHola, Bookworm!! Nada, acabadita de llegar de la playa que estoy... Esta Rosa, tiene que aprender!! jajajajaj
ResponderSuprimirUn beso!!!